¿Qué comemos realmente?

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La era de la “modernidad” y la industrialización de todos los procesos básicos para el mantenimiento de la vida, han convertido uno de los elementos más importantes para la humanidad en un medio de lucro para muchas industrias relacionadas en el proceso de “crear alimentos más seguros para todos”.
Ciertamente, es imprescindible la aplicación de algunas sustancias necesarias dentro del proceso de fabricación de los alimentos tal y como los conocemos hoy en día. Sin estos procedimientos muchos de los alimentos de los que disponemos no serían consumibles para el ser humano. La cuestión no radica en la utilización de los métodos que el hombre lleva aplicando desde tiempos remotos para la conservación de los alimentos, sino en las sustancias de las que se hace uso y por qué.
Una ciencia que debería proporcionarnos alimentos realmente seguros, se convierte en menos de doscientos años en un peligro potencial para la salud y el planeta.
La biotecnología alimentaria en sí misma, no es la culpable del descubrimiento necesario de cómo conservar mejor nuestros alimentos, pero la industria en cambio sí lo es cuando con ellos aplica métodos innecesarios y poco éticos.


Nos encontramos con que nuestro estilo de vida actual, rápido, estresante y sin tiempo para prácticamente “nada” nos obliga a echar mano del tipo de alimentación que la industria pone al alcance de la mano. Es mucho más fácil para un estudiante comprar una bolsa de verduras congeladas (que llevan meses en las recámaras, que han sido cultivadas y tratadas con cientos de sustancias químicas potencialmente nocivas para la salud del consumidor y el planeta) que encontrar el momento de ir a comprarlas frescas y prepararlas él mismo. Las consecuencias de ejemplos como este no son otras que una lenta y segura degeneración celularque se convertirá a lo largo de los años en enfermedades crónicas, inflamatorias o de difícil de diagnóstico, cuando no acabará siendo una de las posibles causas de ciertos tipos de cáncer, la mayor epidemia de nuestro siglo.
Todo en cuanto nos encontramos inmersos tiene relación entre sí. El deterioro de nuestro planeta y la exposición a perder fácilmente la salud que padecemos actualmente no es sino la consecuencia de nuestro propio invento. Hemos explotado al máximo los campos de cultivo hasta producir un agotamiento irreversible de las tierras, hemos causado enfermedades graves al ganado por obligarle a que su crecimiento sea, contra natura, mucho más rápido del normal, nuestras aguas y nuestro aire están seriamente perjudicados a causa de los residuos que la industria de la alimentación deja como estela de sus “avances científicos”. Tenemos naranjas en verano y sandías en invierno, y nunca nos preguntamos ¿cómo es posible? Nos parece algo tan normal disponer de una fruta tropical de otro continente tan alejado del nuestro en cualquier época del año en los supermercados más conocidos que no planteamos objeciones a la incógnita de lo que eso supone en costos irremediables para nuestra salud y ecosistemas.


Nos hemos acostumbrado a saciar nuestros caprichos culinarios con alimentos totalmente fuera de temporada, de otras regiones remotas o de dudosa procedencia sin pensar jamás en las consecuencias que esto tiene. Aprender a elegir nuestros alimentos lleva implícita una obligación de consciencia del consumidor que abarca cuestiones amplias que van mucho más lejos del sólo hecho de elegir un alimento “más natural”. En la industria de la alimentación se hallan implicados procedimientos de todo tipo: envases, cultivo, ganadería, traslado, forma en que la industria prepara esos alimentos o “productos”, contaminación de tierras, aguas y aire, industria petroquímica, publicidad y marketing de masas, y por supuesto las innumerables consecuencias para la salud del consumidor.


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