MIEDO





Uno de los mayores peligros en los estudios de cualquier forma del saber oculto, es el miedo. 

Los maestros orientales dicen al discípulo: 

«No temas a nada; porque nada nos tiene que inspirar miedo sino el miedo mismo».

El miedo corroe nuestras aptitudes para la clara percepción de las cosas. Si no estamos bajo los efectos del miedo, nada nos puede herir ni perturbar. Por consiguiente, no hay que temer.
El miedo genera pensamientos indeseables y nos impide poder dominarnos y controlarnos a nosotros mismos. 
Y nosotros, debemos repetir hasta la saciedad que no hay nada tan terrible como el propio temor. 
Si el temor puede ser vencido, la humanidad incrementa su firmeza y su pureza. 

El miedo es el verdadero causante de las guerras y de las disensiones del mundo, lanzando a los hombres unos contra otros. 
Él es nuestro gran enemigo, hasta tal punto que si los seres humanos fueran capaces de librarse del temor, en realidad, ya no tendrían nada que temer.

El miedo es algo auténticamente real y tangible. 
Ustedes habrán oído hablar muchas veces de personas que intentan entrar en contacto con los espíritus, pero que acaban volviéndose locas. 

Todos ellos pretenden haber visto seres muy curiosos. 
Cuando están ebrios, creen ver elefantes verdes con franjas rosadas y hasta criaturas mucho más fantásticas.
 Y lo más curioso del caso, es que todas esas criaturas, que se consideran simple fruto de su imaginación, existen realmente. 
Son los elementales que residen en el astral bajo, y se alimentan con el temor que sienten los que los ven.

Sentimos el temor de lo Desconocido. 
Pero el temor aunque es negativo, también, es una forma de estimulación. 
Sin él, nos dominaría la pereza. 
Gracias al miedo, en ciertas ocasiones se incrementa nuestra fuerza y podemos evitar males mayores. 
El miedo nos obliga a superar nuestra predisposición a la holgazanería. 
No estudiarías tus lecciones ni harías tus tareas escolares si no "temieras" al maestro o si no sintieras el "temor" a parecer un estúpido ante tus condiscípulos.

Todos nosotros sentimos ciertos miedos. 
Hay quien tiene miedo de las tinieblas, quien de las arañas o de las culebras, y alguno de nosotros puede tener conciencia de sus temores; eso es, tener temores conscientes. 

Pero — aguardad un momento — nuestra conciencia es sólo una décima parte de nosotros mismos; nueve décimas pertenecen al subconsciente. 
Entonces, ¿qué pasa cuando el miedo reside en el subconsciente?

A menudo hacemos cosas bajo impulsos ocultos. 
No sabemos por qué hemos hecho determinada cosa.
 No hay nada en la superficie; nada a que podamos referirnos. Hemos actuado irracionalmente, y si vamos a un psicoanalista y nos acostamos en el sofá por horas y más horas, al final puede ser arrancado de nuestro subconsciente que nuestro miedo procede de alguna cosa que nos había sucedido cuando éramos muy niños. 
El miedo pudo ser escondido, oculto a nuestro conocimiento, trabajándonos, atosigándonos, lo mismo que uno teme a una edificación de madera. 
El edificio parecía sólido, entero, a todas las inspecciones hechas precipitadamente y, de la noche a la mañana, caería destruido por los termes. 
Lo mismo pasa con el miedo. 
Este, no necesita ser consciente para ser activo; es irás activo siendo subconsciente; porque ignoramos que exista en nosotros, e ignorándolo, no hacemos nada para combatirlo.
Es digno de especial mención el que viajando en el astral no debemos  tener miedo. Los elementales o los entes astrales no nos pueden causar daños; pero si nos asustamos, entonces el temor nos domina; daña nuestra digestión, por ejemplo. Repitamos por segunda ver que nadie puede ser dañado en el astral, sino por uno mismo, eso es dejándose llevar del susto y echándose atrás con tal ímpetu que nos disociamos del cuerpo.
Si una persona regresa al cuerpo con una sacudida a causa de un choque y la subsiguiente jaqueca, el remedio es muy sencillo: basta con descansar y dormir, permitiendo así que el astral abandone el cuerpo y pueda volverse a meter dentro en correcta posición, entre el astral y el físico recíprocamente.

El miedo es una cosa terrible, una enfermedad, una plaga, una cosa que mina nuestro intelecto. 

Si sentimos una repugnancia acerca de una cosa determinada, debemos ahondar en nuestra conciencia y buscar cuál es el motivo.

El temor no es sino imaginación incontrolada. 
Si quiere superar el temor, ASEGURESE de que nada lo va a dañar. 
Nada puede dañarlo. 
Dígase a sí mismo que es un alma inmortal y que, si bien es posible que Alguien ataque temporalmente su ropa o su cuerpo, eso no dañará lo esencial en USTED (Su Alma). 
Cuanto menos tema, menor temor experimentará. 
Finalmente, es posible llegar a un grado tal de control que el temor no exista ni pueda existir en la propia constitución. 
Entonces conocerá el contento y la satisfacción, y podrá caminar con la cabeza levantada y los hombros erguidos.

Examinémonos a nosotros mismos, a nuestro intelecto, a la imaginación. Analicémonos a fondo, para descubrir lo que nuestro subconsciente obra para aprisionarnos, para tenernos aterrorizados, preocupados, cerrados ante muchas cosas. Cuando reflexionamos nos damos cuenta de que estos temores no tienen razón de ser.

L. Rampa


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